
Me enorgullece la participación de Michele Moreno quien ha sido reconocida como una de las máximas exponentes de las letras cancunenses. Su personaje La Correísta ha desarrollado una extensa, dinámica y original manera de promover la poesía y la cultura caribeña. Sus intensos ojos verdes vieron la luz por primera vez en Mérida, Yucatán, México. Ha publicado Sin Septiembre (Presagios, 1999), un manojo de textos nostálgicos y actualmente prepara un nuevo libro.
De sus publicaciones en el periódico Voz del Caribe, extraigo la siguiente:
Sobre la lluvia
Michele Moreno
Nada sucede dos veces
Ni va a suceder, por eso
Sin experiencia nacemos,
Sin rutina moriremos.
Wislawa Szymborska
Nos conocimos cuando yo era una niña y me decían Xuxu, y él era un adolescente que miraba pasar los trenes cerca de su casa. A mí me gustaban sus historias de locomotoras y de aquella prima que una vez bailó con él en forma provocativa. Así yo le hablaba de esa forma mía de pegar los labios al hielo, imaginando cómo sería un beso en la boca; él me describía cómo su padre trabajaba colgado en altos postes. Yo, de mis viajes interiores; él, de sus peligrosas excursiones de universitario. Él sabía volar.
Al cabo de los años, entonces las historias cambiaron. Él se fue a vivir un poco más lejos. Sin embargo, algo se mantenía: cada cierto tiempo yo recibía una flor diferente cada vez, con una descripción encantada de la misma. Eran flores poderosas con varios caminos y sortilegios. Llenaban.
No es lo mismo ningún día
No hay dos noches parecidas,
Igual mirada en los ojos,
Dos besos que se repitan
Poco a poco se hizo más grande la distancia. No más flores. Ni palabras. Y entonces cuánto lo extrañé. Mas respeté su silencio, aunque nunca lo entendí.
Hace más o menos un año lo encontré en un estacionamiento y platicamos por algunos minutos, ya que la lluvia empezaba a arreciar. Así que cada uno corrió hacia su automóvil. Cuando ya estábamos lejos uno del otro, le grité: "Tengo que escribir algo para mañana, ¿de qué escribo?", a lo que él respondió también con un grito: "Escribe sobre la lluvia". Y nos alejamos otra vez. Jamás escribí sobre la lluvia, es verdad. No la sentí.
Anoche, ocurrió una de esas noches en las que uno piensa que ya todo está perdido. Por alguna extraña razón me sentí derrotada. Problemas por todos lados. Deshorizontes que de pronto se le atraviesan a una en el camino. Con una presoledad cruzada en mi vida, tal como aceituna sobre martini seco, me detuve en un cibercafé a imprimir ciertas cosas urgentes, y, mágicamente, encontré un mensaje de mi amigo. Eran sólo cuatro palabras: "Nunca me he ido". ¿Nunca te has ido, desgraciado?, fue lo primero que pensé. Aun así, me cambiaron los colores desde los ojos hacia el mundo. Como era tarde para acudir a un parque (hay parques sumamente comprensivos), me subí al techo de mi casa a fumar un cigarro con las estrellas. Y estuve dilucidando en dónde nos quedamos…
Nos quedamos en que yo me fui. No lo recordaba. No de forma física, sino de la que sí duele. Me fui en esencia, y me fui muy lejos. Atando cabos, me di cuenta de que lo que sé de mi amigo últimamente ha sido a través de los que anteriormente fueron mis amigos cercanos, mas no suyos. Es decir, me fui de todos. Pero él los fue conociendo, se fue acercando a esas voces y vidas que yo antes le describía. Es verdad, en cierta forma nunca se fue.
Ayer mientras que tu nombre
en voz alta pronunciaba
sentí como si una rosa
cayera por la ventana.
A veces creemos que son los demás los que abandonan. Los que se van. Y no nos damos cuenta de que fuimos nosotros quienes de alguna manera abrimos la puerta. Así nos vamos quedando solos, y no nos damos cuenta, hasta que una noche "ocurre el descubrimiento de la sombra". Y creo que hay que reconocerlo y aceptarlo como samurai. No sé si vuelva un día a encontrar una flor en la puerta de mi casa, pero quise escribir esto como un homenaje, como un recuerdo, sólo como un color de tarde de flamencos atravesando el cielo… …
Vuelvo la cara hacia el muro
¿Rosa? ¿Cómo es la rosa?
¿Cómo una flor o una piedra?
Aquí está tu lluvia, amigo querido. No hay gotas más gotas que la vida sin flor. No hay lluvia más lluvia que nombrar tu sonrisa.
Tan lejos.
Llueva pues tu ausencia.
Notas:
Xuxu se pronuncia shushu. La letra equis en lengua maya siempre es sh.
Michele Moreno: feliciana13@yahoo.com
domingo, diciembre 04, 2005
Michele Moreno: Artista Invitada
Publicadas por danielnavarro a la/s 9:07 a.m.
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viernes, junio 17, 2005
Monos Aulladores

Cuando joven, trabajé varios años como Técnico Académico en la Estación de Biología Tropical "Los Tuxtlas", en el sur del Estado de Veracruz, en México. Ahí descubrí que la naturaleza no descansa, en cada instante hay un reflejo de incesante actividad. Pasa en gran medida desapercibida para nuestros ojos. Acaso notaba algunos cambios en el viento, en el movimiento de las hormigas, o del vuelo de algunas aves. No obstante, parecía de una serenidad tan impasible como engañosa, como descubriría poco a poco. Uno de los sonidos que extraño hoy, tres décadas después, es el bramido de los saraguatos en la mañana y en la tarde. Los saraguatos son los monos aulladores. Su nombre técnico es Alouatta palliata. Algunos vericuetos relacionados con el nombre de Alouatta villosa, pero nada de preocuparse.
La desaparición de las colonias de saraguatos en México es un hecho palpable. Por ello, escribí esta historia que se llama "Aullido".
Aullido
Cuento
Daniel Navarro
No vi, no alcancé a reaccionar. Mi cuerpo se desplomó y el horizonte dio un vuelco, con el azul del cielo dividiendo mis ojos entre la tierra. Ella cayó conmigo, no pudimos hacer nada. Me gritó como queriendo advertirme que algo muy grave estaba ocurriendo. Escuché un ruido que detuvo su rostro. Estalló en pensamientos y se perdió de mi vista. Mi cuerpo sintió algo inesperado. Una línea recta me alcanzó en un costado. Caí profundo, en el pavor de las profundidades de la tierra. No tuve percepción del tiempo. Unas voces se apresuraron para arrastrarme. Gritaban y me desvanecí.
¿Amaneció o desperté? No tengo conciencia. Me duele un costado. Debo huir de esta prisión, buscar las alturas, no sé cómo detener este mareo. Me toco y siento que la sangre se ha coagulado, formando una costra. No escucho nada conocido, estoy perdido. Me repugna el olor de este lugar.
Intento moverme: estoy atado. Mi cuerpo adolorido me recuerda aquella ocasión cuando nos peleamos, tres contra mí. Perdí, pero pude defenderme en algo. Esta ocasión se me nubla la distancia, tengo sed. Mi prisión es muy extraña. Afuera del lugar encerrado, escucho voces. Son varios, lo que puedo adivinar por el color de los sonidos. Uno de ellos viene, me mira y me golpea la cara. No puedo defenderme. Estoy atrapado del cuello... Una voz diferente, de otra forma, se acerca; ellos intercambian sonidos. No entiendo. La voz es dulce. Me parece que discuten algo. El agresor se aleja. La otra voz se entretiene en algo que no puedo adivinar. Mi corazón tiembla de miedo.
En la noche, cuando todo está en calma, alguien se acerca. Con su sonido dulce me tranquiliza. Me libera del cuello. Me toma el cuerpo y escucho por última vez su voz. Posteriormente en silencio, me empuja fuera de la prisión. Miro la noche y la luna. Mi cuerpo se siente libre. Camino con miedo a recibir un golpe, pero su voz me tranquiliza. Cuando estoy a punto de desfallecer, corro con fuerza en medio de la noche. El olor que me repugna empieza a disminuir. ¡Estoy en libertad!
Entre las sombras, asciendo con dificultad un árbol. Encuentro un recoveco. Me llena el aroma de la noche, de la luna que me saluda. El follaje me oculta. Lleno de temor, el amanecer poco a poco me cubre con bruma que me disimula entre el árbol. Miro el alrededor y procuro ubicarme.
Con lentos movimientos, exploro el sitio y tomo una dirección que espero será la correcta.
Desorientado, no conozco esos parajes. Mis manos se adhieren a las ramas y me equilibro en pocos movimientos. La luz del sol que sale me permite incrementar poco a poco mi sentido de orientación.
Tras dos días de recorrer caminos, el alejarme del sitio donde se encontraban aquellos sonidos me tranquilizó muchísimo. Encontré pocos lugares por donde transitar, la mayor parte de los árboles habían sido derrumbados. Eso me hizo tardar mucho más en el camino de regreso.
Al tercer día escuché algo que me emocionó: un aullido. Se oía lejano. Traté de responder pero mi sonido no era lo suficientemente fuerte como para alcanzar aquel que me llamaba. Seguí ese día tratando de seguir el origen del llamado. Durante el atardecer, volví a escucharlo, esta vez más cerca.
Al cuarto día, en la mañana, aullé con fuerza. Tras guardar silencio, esperé a que me respondieran.
Tras intentarlo una vez más, seguí emitiendo mis llamados. No me abatí cuando no pude lograr la respuesta. Seguí en mi ruta. Al poco rato, un poderoso aullido me volvió la calma y la tranquilidad. Se encontraban bastante cerca. Esta vez volví a aullar y la piel negra de mi cara se erizó cuando escuché la respuesta. Mi cuerpo siguió desplazándose entre los árboles, animado de una fuerza inesperada.
Cuando estuve cerca, los vi. ¡Ahí estaban los míos! Se mecían en una rama como para darme la bienvenida. No estaba ella, la que había caído conmigo... Las formas negras se desplazaban entre las ramas con alegría. Él aulló una vez más con poderío y fuerza. Su rugido me estremeció de confianza y me abalancé sobre esas ramas. La felicidad me inundaba el cuerpo. Me seguía doliendo el costado, pero el espeso pelaje había apelmazado la sangre. Ahora podía sanar.
* * *
Cuando los gráciles monos saraguatos se perdieron en la selva, el río de las luces de una mañana se desbordaba por entre las hojas los árboles, formando cascadas de un rocío multicolor escurridas entre los laberintos. Después, todo se impregnó de quietud.
Publicadas por danielnavarro a la/s 9:25 p.m.
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Acerca de mí
- danielnavarro
- Cancún, Mexico
- Escritor y Naturalista. Licenciado en Biología por la Universidad Nacional Autónoma de México, con estudios en Texas A&M University Campus Kingsville y The University of Florida.